«La estirpe de Abaddona» Capítulo 2. Vísperas por Ángel Ruiz Cediel

Amanecía. Como Jesús un día en el huerto de los olivos, Elías había pasado parte de la noche meditando mientras perdía su vista a través de la ventana de su despacho. Presentía esa nueva alborada que irruía en sus ojos como la última de un tipo de vida personal, y que a partir de ella ya nunca más podría volver a ser el mismo. Sucediera lo que sucediese en el futuro, aun cuando pasados algunos años abandonara la política, nunca más podría volver a ser más Elías Salvatierra, o simplemente Elías, sino que para todos sería siempre el expresidente, quizás lamentándose de alguna manera entonces de que su osadía le hubiera conducido a renunciar a sí mismo.
La agitación nerviosa y la frenética actividad que le había supuesto haber alcanzado una mayoría absoluta en las elecciones —lo que le garantizaba ser investido como presidente de la nación— aún no se había sosegado, y no podía sino saberse abrumado por unas circunstancias que, bajo ningún concepto, jamás pensó que pudieran verificarse como algo real.
Si hubiera sido un político profesional, sin duda los medios de difusión y aun los mismos votantes, no le habrían acosado con la pertinacia que lo hicieron, acaso bastándoles a los periodistas con unas declaraciones formales y a los fieles con un brindis al sol por la victoria; pero hasta ese momento había sido un perfecto desconocido y, el mero hecho de que irrumpiera en la política con semejante triunfo sin ser siquiera un candidato favorito cuando arrancara la campaña electoral, había facultado que todos quisieran de él algo especial que no sabía siquiera si lo tenía: los reporteros deseaban exclusivas, declaraciones que causaran conmoción social o unos titulares más o menos escandalosos que aumentaran sus ventas o sus ránquines de audiencia, y tal vez algún profesional amarillista con ínfulas de notoriedad, ciertas palabras escandalosas; y los que le votaron, que llegaron por millares y se plantaron ante la puerta de su casa quebrando la paz de cementerio de su tranquila urbanización, anhelaban el aliento de que emprendería acciones concretas de inmediato, que reitera su compromiso de que iba a cumplir a carta cabal con su programa, y que se reafirmara, ahora que ya se tenía por cierto que sería investido como presidente, en que iba a meter enseguida en cintura a tantos pillos como abundaban en el poder.
La noche de la victoria fue agotadora, y no menos relajado se desveló el día siguiente. Ni siquiera le dieron ocasión para comer tranquilo, descansar unas horas en paz o poder tener un momento de intimidad con Marta. Los abuelos llevaron de vuelta a su casa a Luís y a Fátima, y la familia en pleno hubo de posar ante las cámaras, proyectando una imagen que, en ocasiones, le pareció tan plástica y falsa como la de aquellos políticos profesionales a los que tanta convicción había combatido. Una sensación que se afincó todavía más en él cuando, por simple cortesía, hubo de salir a la terraza para saludar a los devotos que ahora por miríadas le vitoreaban desde la calle, dándole la impresión de que era una suerte de dios de plastilina. Incluso cuando, de tanto conceder entrevistas a los distintos medios, se sorprendió repitiendo una vez y otra su propio discurso, casi pronunciando las mismas exactas palabras, no pudo eludir verse a sí mismo como una especie de máquina desprovista de emociones, carente ya del vigor y la naturalidad que había impreso a su oratoria durante toda la campaña.

—Mira hacia atrás y recuerda que solamente eres un hombre —le susurró bromeando Marta, una de tantas veces que pasó a su lado apresurada, jugando con el romano«Réspice post te, hominem te esse memento» que el esclavo que iba en la cuadriga del triumphator repetía sin cesar mientras se dirigían, entre las aclamaciones de la plebe, por la vía Apia camino del monte Capitolino.
Marta. Para él era más que su esposa: era su amiga, su confidente, su camarada, su colega e incluso su adversaria cuando él se obstinaba en una idea que le podía causar algún daño. En un tiempo en que casi todas las parejas parecían tener fecha de caducidad vecina al propio inicio de su andadura, Marta era la constante de una vida que no podía imaginar sin ella, quién sabía si haciendo verdad aquello de dos carnes que habían conformado una sola. La conocía desde la adolescencia, allá por cuando el instituto y, desde entonces, era parte suya, y él de ella. Se vieron, se reconocieron y, aunque tardaron casi dos meses en confidenciarse sus sentimientos, se unieron para siempre, primero mediante un apasionado noviazgo que se extendió por casi diez años, hasta que ambos terminaron sus estudios y consiguieron los recursos que consideraron básicos para independizarse, y luego por un matrimonio que había conocido solamente las horas bajas como contraste circunstancial para que las horas altas de intenso amor no empacharan.
Marta era publicista y tenía su propia agencia, resultado de su deseo de independencia después de una pupación laboral de casi diez años trabajando para una multinacional. Su cerebro era un cocido de brillantes ideas siempre en ebullición, y el resto de su cuerpo le seguía en una actividad que parecería excesiva incluso para una atleta. Su trabajo, después de todo, no era para ella sino una simple faceta de su vida; una vida que para Elías era un diamante purísimo perfectamente tallado, no solamente por su hermosura de mujer y su sensual feminidad, sino también porque podía emprender las tareas más diversas sin experimentar el menor menoscabo, realizando con la mayor creatividad lo mismo un guiso de sábado, que llevar los niños al colegio, poner a punto una campaña en los medios o inventar los juegos de amor más íntimos y atrevidos.
El, por el contrario, era más gris, aunque no por ello menos. Prefería su trabajo en el despacho de la asesoría de empresas que había fundado junto a Lucas, Alberto y Juan allá por cuando la crisis de los noventa les dejó a todos en el desempleo, dedicándole a su actividad laboral nada más que el tiempo justo y necesario. El resto de sus horas, solía decir, eran para su familia, para compartirlas con Marta y con los dos hijos que tuvieron, por quienes sentía una pleitesía muy especial y a quienes se había esforzado en educar como miembros de una sociedad comprometida con sus miembros y responsable de sus actos. El trabajo, para Elías, era nada más que lo imprescindible para ganarse el sustento y poderle proporcionar a su esposa y sus hijos una vida sin demasiadas carencias ni excesivos lujos, pues era de los que pensaba que el dinero era Gog, hasta que servía por necesario para supervivencia, y Magog cuando por exceso se convertía en inútil, poseyendo a partir de ese momento de utilidad a aquel que lo tenía.
         A pesar de frisar casi la cincuentena, todavía se sentía anclado en la juventud, quizás forzándose a no abandonar aquellos mismos ideales que en la universidad, en los últimos estertores de la anterior dictadura, le empujaron a creer que era posible levantar los mampuestos de una sociedad más humana y justa que aquella que parecía propiedad de quien se impuso por las armas. Creía en la libertad y creía en las personas, en que todos tenían derecho a todo, incluso hasta el extremo de haber reconfigurado términos comunes, imprimiéndolos un giro personal que creía los ajustaban mejor a la realidad que vivían. Nunca, desde que tenía memoria, había dejado de ser un activista social, porque solía decir que no se había alcanzado aún la utopía a la que siempre quiso dirigirse, y que no se llegaría jamás mientras hubiera alguien en algún lugar que sufriera o fuera injustamente tratado. Una actitud ante la vida que le llevó no a la militancia en algún partido político, sino que le condujo a grupos marginales que revolvían credos e ideologías en un tutifruti que algo tenían de new age, orientalismo, existencialismo, anacrónico hipismo, inconformismo vital, progresía a ultranza, e incluso de rancio y trasnochado modernismo. Para él el mundo había cambiado y ya no servían las anacrónicas definiciones que tuvieron su razón de ser otro tiempo, como las llamadas izquierdas o derechas, dividiéndose para él ahora a la sociedad entre quienes creían tener derecho a todo, y los demás no, y los que consideraban tener derecho a todo, y los demás también.
Todas las ideas acudían ahora a concilio en su alma, impidiéndole el sueño. Era, probablemente, la última noche de paz personal, su última isla de intimidad, si es que en el futuro no se las ingeniaba para permitirle escaparse de alguna manera de sus deberes presidenciales y tener una noche entrañable con su esposa o una tarde privada con sus hijos. No obstante, presentía con indecible aflicción que, incluso así, ya nada podría ser igual que hasta ahora, porque los problemas de Estado habrían invadido su alma con toda su tiniebla, entenebreciéndola para siempre.
         Se levantaba y se acercaba a la ventana, o se iba a la cocina, se hacía un café instantáneo, de esos que no se sabe siquiera si son café o qué demonios contienen esos polvos solubles, y regresaba a la butaca de su despacho para permitir que su pensamiento se perdiera flotando en la nada, como aquellos cirros que ya mostraban los malvas y los escarlatas que precedían al sol que fundaría otro día. Sufría, quizás, considerando que el hombre que era moría para que fuera alumbrado el presidente, temiendo por ignorancia qué sería del Elías Salvatierra que hasta ese momento fue. Ganas le dieron de suplicar en su silencio aquel «Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz» que Jesús pronunciara en Getsemaní, pero apenas si su temor duraba el instante de un relámpago, no porque desapareciera, sino porque enseguida que el abatimiento le abrumaba surgía de algún lugar de su alma su afamada obstinación, y enseguida se sobreponía a su propio naufragio.
Por ahí, casi por todas partes de aquella España agonizante, sabía que había mil desheredados que precisaban de él, y que para servirles cualquier cosa era buena, menos la debilidad. No le costaba esfuerzo imaginar a esas alturas las esperanzas que había despertado, el colosal peso en sueños que conllevaba cada uno de los votos que había recibido, y cuánto confiaban en él tantos como le habían elegido entre la multitud de candidatos que optaron al cargo. Podía cuantificar sus anhelos, la ansiedad que sentían por darle esquinazo a sus propios sufrimientos, no solamente porque les sonriera una fortuna o una felicidad que bien sabía que no podría llevar a todos, sino acaso únicamente porque se asentara en el país alguna justicia de verdad que pusiera a cada quien en su sitio, concediéndoles una oportunidad a quienes jamás tuvieron alguna.
Podía sentir, incluso sin proponérselo, el clamor de una población seviciosamente castigada por la corrupción, aplastada por la realidad codiciosa que habían impuesto los más desalmados y la maldad de algunos que habían ejecutado lo más abyecto con la más absoluta de las impunidades; lograba percibir el hambre y la sed de justicia de la inmensa mayoría; y hasta se consideraba capaz de apreciar la caricia larga y lenta de quienes deseaban tener nada más que la oportunidad de ser lo que eran. El país, en casi cuatro décadas de democracia, se había precipitado por un abismo tan profundo y tenebroso que pocas o ninguna área social había salido indemne. Desde la infancia a la senectud y desde la Sanidad a la Educación, todo estaba infestado por una maligna epidemia de corrupción que había convertido a los seres humanos en objetos y a cada uno de sus actos en oportunidades de negocio, pudiéndose considerar sin temor a yerro que todo había sido una simple cuestión de dinero, que Dios era el dinero, que incluso la esperanza y los sueños de casi todos hundían sus raíces en el dinero. El dinero, por fin, había sepultado al hombre, anulándole y cosificándole, y él tenía un deber de restituir no solamente la justicia social, sino también al mismo hombre en su condición doble de ser íntegro…, o al menos hasta donde pudiera.

Le conmocionaba especialmente la desesperanza, la imposibilidad de saber que existía un porvenir honesto para la mayoría, sobre todo para los más jóvenes. ¡Los jóvenes! Jamás en la historia de su país se había perpetrado mayor barbarie contra ellos. Se les había engañado miserablemente, se les había mentido con malicia desde el poder y les habían robado todo su futuro. Les habían hecho creer que siendo buenos chicos y estudiando mucho llegarían a un paraíso, y les entregaron en su lugar a un inferno poseído por horribles demonios que les ofrecían drogas, desempleo, ninguneo, trabajos gratuitos, esfuerzos gratuitos y ningún porvenir, ninguna posibilidad de lograr alguna vez alcanzar cualquier clase de independencia, ninguna oportunidad de formar una familia, nada. Y los jóvenes se habían rendido…, o emigraban a otros países o a otras oportunidades con el corazón herido y sabiendo que habían sido timados, pero que ya no había ningún remedio ni más esperanza que un infierno y muchos demonios por doquier y para siempre.
Comprendía que el mundo había mutado, y que lo había hecho para muy mal, para lo peor, que los hombres habían tomado, en el nombre de la libertad, los caminos equivocados y que, por ello, la corrupción se multiplicaba en todas las formas imaginables, fundamentando ya los hombres sus anhelos en lo efímero del sufrimiento y el vacío, que era decir en los placeres inmediatos, no importaba obtenidos a qué precio, mientras se instalaban definitivamente en el presente sabiendo precisamente este era lo único que no existía debido a su propia fugacidad. Los hombres estaban siendo aplastados precisamente por ese ahora inexistente, y consideraba que era tan imprescindible como urgente revertirlo, aliviar el peso de lo que no existía para que pudieran instalarse e incluso volar libres en lo que sí era, y para ello se le antojaba imprescindible que aquellas esperanzas que habían depositado en él con forma de votos, fueran materializadas con nuevos espacios y nuevos horizontes que les ofrecieran a sus conciudadanos nuevas posibilidades. Si lo viejo, lo caduco había muerto, él tenía el deber de darle vida a lo nuevo.
         Mucho, tal vez demasiado trabajo le esperaba, y seguramente todos confiaban en que, en unos días o unas semanas, los resultados fueran ya tangibles. Conocía las calles, y sabía de la mendicidad que escondían; el país, y estaba al tanto de su miseria; la ley, y no ignoraba que toda era ella una gigantesca trampa urdida a favor de poderosos y sus intereses espurios; la política, y que toda ella era basura, mentira, engaño… ¿Por dónde comenzar tan magna tarea?… ¿Qué fuerzas terribles se le opondrían?… ¿Le consentiría un poder corrupto y anclado en el dinero que le desposeyera de sus privilegios?…
Y regresaba el miedo, el pánico hacía presa en su corazón y se percibía como inútil ante tal desafío e incapaz de llegar a ninguna meta significativa. Verlo desde el otro lado de la ribera, aquella de quien no tenía la responsabilidad del poder, era una cosa; pero ahora que él estaba a punto de alcanzar la otra orilla, ya que en un mes más sería investido como presidente y que en ese momento comenzaría el verdadero reto, era muy otra cosa, porque entonces estaría obligado no a las proclamas o las quejas, sino a los tozudos hechos, a las realidades incontestables. ¿Qué era lo más urgente por hacer?… ¿Qué, lo más necesario?… ¿Cuál sería la piedra angular para erigir aquella construcción que creyó posible y que ahora le daba la impresión de ser una imposible edificación de humo y vaporosos sueños?…
El presidente en funciones le había llamado por teléfono la noche anterior para felicitarle por su triunfo electoral y, en su conversación, le mencionó el Gran Juego.
—Enhorabuena por su victoria, Elías —le felicitó muy cortésmente. Pero a renglón seguido añadió con cierto misterio—: Bienvenido al Gran Juego. Espero que haya tenido usted una buena vida, porque a partir del mes que viene, cuando le invistan como presidente, ya nunca volverá a ser suya.
Elías pensó en ese momento en el aspecto físico del presidente todavía en funciones, y cómo había envejecido en apenas cuatro años de legislatura. Su cabello había pasado del moreno intenso al cano, y sus ojos se rodearon en pocos meses de las moraduras e hinchazones propias de quien tuviera severos problemas para conciliar el sueño; pero en ese momento le parecieron fútiles o insuficientes las cuestiones de Estado para justificar tal envejecimiento, e incluso favorecía lo contrario la vida de lujo que era vox pópuli que llevaba un presidente: muchos colaboradores, poco trabajo real, las mejores comidas, los mejores vestidos, los mayores honores, la mejor atención médica, todo el servicio, todos los placeres…
—Gracias, señor presidente —le correspondió Elías—; pero confío en no dejar jamás mi vida en manos de nadie.
—Claro —aceptó el presidente en funciones pisando sus palabras—, eso es sin duda lo que usted espera, aunque va a tener en breve la ocasión de comprender que lo que uno desea y lo que uno logra son cuestiones muy distintas. Por mi parte, Elías, no puedo sino agradecerle que me libere de mi responsabilidad.
         «Libertad» y «responsabilidad», fueron dos voces contradictorias que chocaron como trenes sin frenos en el alma de Elías. La libertad, precisamente, para él era responsabilidad, y la responsabilidad era la libertad de elegir lo correcto, y ambos términos formaban un matrimonio indisoluble. Sin embargo, el presidente en funciones lo había pronunciado con rotundidad, como si tuvieran significados antitéticos, contrarios, y no pudo evitar que la vida pública de su predecesor se deslizara en su mente con la velocidad de una centella. Efectivamente, era un hombre que llegó al poder en lo mejor de su vida, apenas superando los cuarenta años, y que en poco más de cuatro su imagen se había oscurecido como la de Felipe II lo hiciera a lo largo de su vida hasta llegar a ser conocido como el Emperador de los Lutos. Le recordaba jovial y dinámico cuando arribó al poder, y podía compararlo con la estampa actual de hombre mustio que propagaba por donde iba, ya sin sonrisa o con una forzada de compromiso, y ya poco dado a hablar por sí mismo, sino siempre leyendo lo que decía de algún guion que alguien le había redactado, o tartamudeando si carecía de él, como dándose tiempo a buscar las palabras justas porque había perdido su naturalidad o su espontaneidad.
—Mi responsabilidad y mi libertad van unidas como almas gemelas, señor presidente —recalcó, no obstante, Elías—, y espero ser capaz de culminar mi programa.
—Y yo le deseo de corazón que lo logre, pero permítame que lo ponga en duda. Me complacería mucho que cualquiera de estos días, si le pare bien, tengamos un encuentro en La Moncloa para que se vaya familiarizando con lo que le espera.
—Ni siquiera sé cómo tengo la agenda —mintió Elías.
—Como usted guste. Revísela, y ya me dirá. En cualquier caso, daré instrucciones en centralita para que si usted llama me lo pasen enseguida. Creo que será una conversación que no debería usted demorar, y que sería bueno tenerla antes de su discurso de investidura.
—Veré qué puedo hacer, pero no le prometo nada.
Y cortaron la comunicación. En aquel momento, todavía con la casa llena de personas y periodistas que iban y venían como si estuvieran en su propio dominio, no pudo dar a las palabras del presidente en funciones mayor profundidad ni recapacitar sobre ellas; pero ahora que estaba a solas consigo mismo, ahora que el silencio permitía la expansión sin límites del pensamiento, cobraban una dimensión enorme, casi sombría, y volvió a sentir miedo de que el ejercicio del poder pudiera consumirle como lo había hecho con el que sería su predecesor en el cargo.
—Ah, ¿estás aquí? —preguntó retóricamente Marta, entrando en el despacho y dirigiéndose a él. Giró su butaca, tomó asiento sobre sus piernas, le abrazó, puso un beso sobre su frente, y añadió—: ¿Qué te preocupa para que no puedas dormir?…
         —Tonterías —respondió Elías, elusivamente—. A lo mejor, en que no sé si me dirijo al Gólgota o a la gloria.
—Si es a la gloria, espero que no sea una mujer —bromeó ella, acariciándole el cabello y mirándole muy fijo a los ojos.
—Tú eres mi gloria —le dijo mientras la abrazaba y reclinaba su cabeza sobre su pecho—. ¿Sabes?… Anoche me ofreció el presidente en funciones que nos encontráramos en La Moncloa, y creo que voy a aceptar. Me interesa ver cómo es eso por dentro. ¿Quieres venir conmigo?…
—¿Estás loco? —protestó ella, retirándole de sí para poder mirarle a los ojos—. ¡Ni loca! Demasiado tiempo voy a vivir en esa cárcel como ir a visitarla por capricho antes de tener que cumplir mi condena. Te vas tú solito, hijo, que es a ti a quien le interesa hablar con ese… corrupto.
—¡Cobarde!
—Mejor, porque son los que valen para dos guerras.
Elías echó su vista a lo lejos, a lo muy lejos, más allá de cualquier horizonte, y al punto sus ojos se inundaron de la luz bravía del sol, el cual amanecía egregio entre el quebrado perfil urbano. La tarea que se le venía encima no estaba muy seguro de poder llevarla a buen puerto, pero cualquier cosa deseaba en el mundo menos mostrarse débil o dubitativo ante su esposa.
—¿Cuál te parece que sería la primera acción más conveniente de mi gobierno? —le consultó a Marta, procurando tirarla de la lengua.
—Que sigas siendo como eres, y que nunca, nunca, dejes de quererme —afirmó ella sin dudarlo.
—Precisamente el presidente en funciones me dijo que, una vez que asuma el cargo, ya nunca volveré a ser el que era…
—Entonces, mi amor, renuncia ahora mismo y no asumas el cargo. Si Elías Salvatierra dejara de ser quien es, la vida para mí ya no tendría ningún sentido.
—¿Y los demás?… ¿Y todos esos por los que hemos luchado y por los que emprendimos esta odisea?…
—Que los jodan. Después de todo, la vida es una aventura personal, y en mi vida nada más que cabes tú y nuestros hijos. El cupo, con eso, está completo.
—¡Qué egoísta, señora mía!
—Lo que sea, pero júrame, Elías, que nunca, bajo ningún concepto, cambiarás. Júramelo ahora mismo, o ni siquiera te permitiré que vayas al congreso.
—Te lo juro, claro, aunque me parece que es de balde. Ya me conoces, y sabes que no cambiaré fácilmente. Es difícil hacerlo a mi edad, porque ya no hay cosas que nos sorprendan lo bastante.
Y apenas lo dijo, volvió Elías a reclinar su cabeza sobre el pecho de su esposa. Su corazón tenía ese trote amigo y seguro que le proporcionaba seguridad ante el quebranto, e inefable angustia experimentaba en esos momentos en que su hora le alcanzaba. Lo quiso sentir más cerca que nunca antes, quizás porque presentía que de ahí en más, muchas veces, acaso demasiadas y de gran agobio, no tendría dónde refugiarse y que solo debería ascender, cargando su gravosa cruz, a más de un Gólgota.

 

                                                Fin del segundo capítulo, sigue leyendo los próximos días. 

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