Nibiru, la III Guerra Mundial y la Astronomía Sagrada por Ángel Ruiz Cediel

 

La OTAN crea una Fuerza de Intervención Rápida para reforzar la presión sobre Moscú a raíz del asunto de Ucrania, a la vez que se alerta de que el extremismo yihadista está fortaleciéndose de una manera alarmante en el Norte de África y que, si no hay algo muy expedito que lo evite, estarán listos para asaltar Europa en apenas unos meses. Noticias muy alarmantes que, sin embargo, palidecen cuando se considera la más que probable confirmación no solamente de la existencia de Nibiru, sino el hecho de que ya lo tenemos encima y que en unos pocos meses más, como ya lo es en determinadas condiciones algunos días, será visible a ojo desnudo. 2016, como ya apunté en un artículo anterior, va a ser un año de los que no se olvidan. Y lo que es más espeluznante: la Astronomía Sagrada lo confirma.

Los yihadistas amenazan Occidente con su impiedad y sus métodos inhumanos, pero Occidente, en vez de concentrar sus fuerzas para su defensa tal y como sería lo lógico, abre contranatural un frente que lo divide y enfrenta con Rusia, nación que guste o disguste es parte nuestra y tan Occidental como cualquiera otra. ¿Por qué?… Un hecho tan sintomático y absurdo como este, da pábulo a los aparentemente solventes rumores de que el ISIS ha sido creado por «ciertos intereses» occidentales, los cuales pretenden que se verifique una confrontación generalizada que abarque a toda la humanidad —III Guerra Mundial—, generando así un caos terminal del cual surgirían ellos como vencedores, una vez ambos bandos se hayan exterminado. Una «teoría conspirativa» que parece ir cobrando visos de verosimilitud, al mismo tiempo que Europa está empujando a Grecia a echarse en los brazos de Rusia y el Grupo Brick, si es que no quiere desaparecer como nación, lo que supone de facto una nueva fragmentación interior, toda vez que después de Grecia va España y luego Italia, Irlanda, Portugal, etcétera. Una suma de elementos que, a poco que el lector se informe, aproximan a la realidad el escenario que la Astronomía Sagrada advierte en su mudo lenguaje de constelaciones: hacia marzo del próximo año el conflicto será un hecho. Un trágico acontecimiento que, lejos de ser puntual, supondrá la apertura de los últimos sucesos de nuestra civilización, en el que más que probablemente actúe como invitado de honor el siempre negado pero ya inocultable Nibiru, además de todos los elementos precisamente sagrados que esa configuración cósmica conllevan. La suma de todos estos eventos confirma que 2016 será el año en el que todo lo que conocemos y somos dejará de serlo, y a partir del cual nada ya volverá a ser como antes. 2015 —tal y como afirmé en un artículo que puedes encontrar en esta misma web—, será una espacie de remanso en el plano existencial, aunque no tanto en el social o en el del concierto internacional, sino que en estos aspectos la situación va a irse complicando paulatina y progresivamente hasta derivar en la inevitable apoteosis a la que estamos condenados. No se trata de si queremos o no cambiar, sino de que no nos quedará más remedio que hacerlo…, si sobrevivimos a los primeros embates. El tiempo se ha agotado, estamos en las últimas arenas del no-tiempo, y este oasis transitorio en el que nos encontramos tiene por objeto la armonización —o no— de nuestra propia alma, o nuestra conciencia, si es que ese otro término te asusta.

Desde la noche de los tiempos, todas las mitologías sin excepción se refieren a los dioses como encarnaciones de lo que en realidad son fenómenos o sucesos celestes. «En la Tierra como en el Cielo», reza el padrenuestro cristiano, y a poco que teniendo presente este postulado el lector investigue cualquiera de las antiguas mitologías —incluida la sumeria—, las modernas versiones que han sobrevivido de las culturas ancestrales o primitivas y aun la misma Biblia y sus sucesos, en todos los casos nos remiten a sucesos celestes con una precisión tal que a ese paralelismo que se verifica en los astros respecto de cuanto sucede o ha sucedido a ras del suelo, se lo conoce como Astronomía Sagrada. Eventos que, por otra parte, frecuentemente son cíclicos, generándose procesos de creación y destrucción que reinician o sacrifican a las humanidades en Eras. Esta es la cuestión que en realidad nos ocupa. Las palabras de aquellas mitologías, o incluso las que están contenidas en el propio Apocalipsis, proyectado sobre los cielos, arrojan en realidad un único resultado: son exactas, como exacta es la mecánica celeste. De ser así, apenas si quedan unos pocos años para que tantos como los proclamaron puedan ver con sus propios ojos, si sobreviven a la «purificación» o al reseteo, esa Edad de Oro a la aspiraban, que en términos bíblico-apocalíptico se refieren al «reinado de Jesucristo». En una sociedad profundamente agnóstica, si es que no ateizada por el consumo, esta afirmación puede parecer una barbaridad, sin embargo no solamente es fácilmente comprobable (te recomiendo que eches un vistazo a este video), sino que además los sucesos que están por desencadenarse y los eventos que se están verificando en los cielos son rigurosamente exactos. Naturalmente, de corroborarse este paralelismo no quedaría más opción que admitir que siempre estuvimos equivocados, y que la visión que tanto la Ciencia como la Sociedad nos han proporcionado, son rigurosamente falsos. La vida es otra cosa, tendríamos que pensar, y sucede que en realidad siempre se ha tratado de otra cosa, solamente que quienes nos han alejado de la verdad fueron el «Enemigo». Fue absurdo pensar que todas las culturas que nos precedieron eran poco menos que estúpidas y que nosotros tenemos la verdad agarrada por sus fundamentos, cuando nuestra civilización actual —la del Mal en todas sus manifestaciones—, ni siquiera es capaz de emular el orden o los conocimientos que aquellas civilizaciones pretéritas adquirieron en todos los sentidos. Por ejemplo, con todos nuestros telescopios y NASAs no tenemos ni una sombra del conocimiento y significado astronómico —¿o se debería decir astrológico?— que tuvieron los sumerios, la capacidad arquitectónica y la sabiduría cósmica de los egipcios, ni siquiera los fundamentos que tenían algunos pueblos primitivos como los dogones, quienes han aseverado desde lo antiguo realidades imposibles que apenas hace unos pocos años ha corroborado la Ciencia.

Basándome en esto —aunque haciéndolo respetuosamente en el sentido de una parábola, con el fin de difundirlo de un modo menos traumático para el pensamiento materialista occidental—, construí mi novela «Apolyon», suponiendo al Ángel del Abismo, Apolión o Abadón, una encriptación personificada que encarna a un meteorito que impactará con la tierra en la Quinta Trompeta del Séptimo Sello, al cual se le menciona concretamente en el capítulo 9 versículo 11 (9:11) del Apocalipsis, y cuya cifra pareció ser utilizada simbólicamente por quienes llevaron a cabo los atentados del 9-11, u 11-S en signatura española. Sin embargo, este meteoro que abre el abismo y que da pie a la etapa final, que el Apocalipsis menciona ya como el inicio del «periodo de la Tribulación», no es único, sino que este es el segundo cuerpo cósmico que impacta contra la Tierra, siendo el primero Ajenjo, en el curso de la Tercera Trompeta del Séptimo Sello, mucho menor que el que le seguirá, pero el cual producirá severos daños planetarios (Ap. 8:11). ¿Escombros que acompañan a Nibiru o que remueve este en su paso por las proximidades del Cinturón de Asteroides?… Tal vez, ¿por qué no?… Después de todo, es el mismo ámbito del Séptimo Sello, en el que aparecen una serie de símbolos que nos remiten, como habrás visto en el video que apunté antes, a precisamente los mismos ámbitos cósmicos por los que atraviesa ese temible planeta, del cual existen registros catastróficos de anteriores pasadas que ya he mencionado, como la Biblia Kolbrin, por ejemplo, datada en unos 3600 años de antigüedad. De alguna manera, da la impresión de que de lo que a lo que se está refiriendo el Apocalipsis es a una estrecha vinculación entre unos sucesos con los otros, actuando las configuraciones estelares en el Cielo como Director y los sucesos de la Tierra como espejo. Así, todo lo referido en el capítulo 12 y siguientes, tiene el mismo ámbito, traducido en constelaciones, que lo que se describe en el texto, y que es precisamente el entorno que a nuestros ojos atravesará Nibiru, quién sabe si indicándonos el profeta con este lenguaje el significado profundo del cosmos y la verdad en la que estamos integrados. Virgo, Escorpio, Ofiuco, la Serpiente, la Luna a los pies de la Mujer (Virgo), se repiten en una cadencia exacta a la que algunos astrónomos han determinado la zona de paso de este planeta errante o planeta-cometa, y esa precisión, imposible de ser conocida por el profeta salvo por revelación divina, parece que aúna y armoniza los sucesos del cielo y de la tierra. Mi objetivo al escribir la novela, aunque la información que recibí de mis fuentes no coincide completamente con lo que estos astrónomos apuntan, si bien las diferencias no son lo suficientemente notables como para ignorarla o para considerar que pudiera ser mi fuente la que estuviera ligeramente equivocada, fue precisamente difundir esto mediante una trama más o menos actual en la que «todos» los sucesos históricos fueran fruto no del azar, sino de unas mentes rectoras, en un caso diabólica pero en su contrapartida, Divina. Emprender una tarea semejante a través de la religión —no soy muy religioso que se diga—, me parecía un empeño completamente fuera de mis posibilidades, y preferí la trama de intriga actual que invitara a mis lectores a la reflexión sobre que todo cuanto sucede tiene una razón de ser por más que no la comprendamos, pero que ni siquiera la paz o la guerra está en nuestras manos. En cualquier caso, independientemente de lo que cada cual crea, todo parece indicar que este suceso (o estos sucesos) son inevitables, y que a muchos, a la inmensa mayoría nos sorprenderá la muerte en el periodo que se extiende de 2016 a probablemente 2033. La cuestión no será ya qué creemos, sino cuál es la verdad, porque morir es un hecho que tarde o temprano nos alcanzará a todos, si bien en ese momento preciso es lo único que contará, independientemente de qué concepción de la existencia hemos preferido considerar. Una verdad ante la que conviene estar preparados, y hacerlo seriamente, porque si esto es cierto y estaba anunciado, también lo es todo lo demás, y no estaría de más tomarlo en cuentra desde uno hacia uno mismo, porque tendremos que lidiar con las consecuencias de eso, y parece ser que en ello pesarán mucho nuestros propios actos.

Como vengo haciendo entrever tanto en mi obra literaria como en mis artículos, el hombre está anclado en un entramado del que no es independiente. Siempre resulta atractivo eso de pensar en que los grandes eventos se desatan como consecuencia de algunas conspiraciones, pero absurdamente nos fijamos en lo accesorio y no en lo principal, en lo importante, acaso porque así es como nos han enseñado a pensar a través de las manipulaciones históricas (Educación) y del cine y la literatura actuales (Ocio). Sin embargo, insisto en que formamos parte de algo mayor y mucho más grande, y de uno u otro modo siempre he dejado esta impronta en toda mi obra. Somos, como apuntaba en alguna de mis novelas y en alguno de mis cuentos, el muro de carne que separa el Cielo del Infierno, y esto lo afirmo de una manera literal. Somos la causa de la enemistad del Diablo con Dios, y en realidad la Historia del devenir humano siempre ha estado vinculado a esto. No se trata, pues, de si la Guerra del Golfo se hizo o no por causa del petróleo, si los sucesos del 11S fueron un atentado de falsa bandera o no, sino qué se perseguía con cada suceso histórico. De eso escribo en «Apolyon», novela en la que me adentro en todos los conflictos armados y enfermedades creadas contemporáneas, y de eso lo hago en todas mis demás obras, especialmente en «La estirpe de Abaddona» o en «Sangre Azul (El Club)». La lucha es de «espíritus», y nosotros, los hombres, somos el territorio en disputa. En este orden, el petróleo, la riqueza y todo lo demás, no tiene mayor relevancia que la del control, la del dominio, y en el caso de los «reyes de este mundo», la de apartarnos de la verdad a cualquier precio y con cualquier excusa. Por esta causa, de un modo más directo, desde hace ya casi una década me adentré en la tarea de escribir artículos con cierta frecuencia, primero en medios públicos establecidos, y después desde mi propio blog para evitar así los problemas de extensión que solían originar mis textos, porque entiendo que estos son más accesibles para un mayor número de lectores que puedan tener acceso a una información poco o nada difundida fuera de círculos muy restringidos. Cuanto sucede, en fin, no es una cuestión de dinero, sino de poder, y no al modo y manera en que estamos acostumbrados a concebirlo. El dinero, en poco tiempo, no tendrá utilidad alguna, y la velocidad a la que van a precipitarse los acontecimientos no es apta para cardiacos. El Tiempo del no-tiempo, como ya he apuntado muchas veces, está concluyendo, se agota, estamos prácticamente ya fuera de él, y eso presupone que entramos en la zona más oscura, pero también la última antes de que nos alcance la luz, y es para eso para lo que hay que prepararse.

Dice el popular aforismo que «cuando el sabio te muestre las estrellas, no te fijes en su dedo». No te fijes, pues, en qué ganan o pierden aparentemente o en primera instancia quienes perpetran un daño, sino en cuál es el objetivo final de lo que están produciendo. Por ejemplo, hace algunas fechas, cuando sucedieron los atentados de París, apuntaba a que no tenía sentido que la Policía matara a los terroristas, porque así cerraban la puerta a saber nada de lo que estos conocían o quiénes estaban detrás de ellos; pero si miras un poco más allá, no tendrás duda de que aquello, lo que ha representado, ha sido que en toda Europa y el resto del mundo Occidental se ha impuesto por un lado la censura, y por el otro se han sentado las leyes para que cualquiera pueda ser acusado de «lobo solitario». Y todo esto, en apenas tres semanas. No es en el primer fruto o consecuencia en lo que hay que reparar, sino en el objetivo final, por lo común oculto. Por esta causa, en «Apolyon» intercalo en la historia lineal otra historia —esta escrita en cursiva— en la que el alter ego del protagonista, un sicario de la organización que promueve las guerras, confiesa cómo ponen en marcha los mecanismos de la destrucción de naciones que les ordena su dios. La exYugoslavia, Irán-Iraq y otros conflictos pasean por las páginas, desembocando no solamente en el de Ruanda-Burundi que significó el fin de la Guerra Fría y el derribo del Muro de Berlín al mismo tiempo que supuso el certificado de defunción de la URSS (todos los dioses locales rindieron adoración con ello al dios blanco, hecho que sucedió en un periodo de apenas unos meses), son aspectos que toco en esa historia paralela a la historia central, las cuales dos van confluyendo hasta que en los últimos capítulos solamente existe ya una única historia y todo ha cobrado una dimensión distinta. Pero en ese final, ya queda claro que ni siquiera lo que creemos que conocemos respecto de nuestra propia tecnología es la que es, y que en ciertos niveles de esas sociedades «discretas», «secretas» o «directoras», manejan ingenios tan avanzados que en la vida real pertenecerían al orden de la ciencia-ficción. Difundir esto, para mí, siempre fue el objetivo central de mi labor literaria, porque jamás, nunca, me consideré un entretenedor de necios o de ignorantes, sino un autor que trataba de llamar a las conciencias de mis semejantes con asuntos profundamente existenciales. Tal vez por eso —y perdóname la petulancia, o la soberbia si lo prefieres, pero mi propósito era alejar a los superficiales de mi obra—, solía anteceder la publicidad de cualquiera de mis novelas con la frase: «un autor que no escribe para todo el mundo». Literalmente. Y no lo hago, sino que prefiero escribir solamente para los que quieren saber y están dispuestos a esforzarse por conseguirlo. Las perlas, después de todo y como dijo el Maestro, no deben arrojarse a los cerdos.

Tal vez sea un don o quizás sea un defecto, pero desde que tengo uso de razón no he podido considerar los sucesos como algo regido por la sinley, el azar. Por más que no sea un creyente ejemplar, creo en Dios, y soy de los que piensan que no se pude creer en Él y considerar que algo sucede sin que Él lo consienta o lo ignore. El azar, tal y como ya la misma Física Cuántica nos confirma, no existe, es solamente que no sabemos estructurar la ley que define los eventos que consideramos causales. Cuando he hecho la afirmación anterior no he dicho que comenzara a pesar de este modo en un momento determinado, sino que mi razón y esta particularidad de mi intelecto crecieron de una forma pareja, como si ya estuviera en mí desde la misma concepción. No sé cómo funciona, pero ni mis cosas más personales las puedo considerar sin un propósito previo y una mano directriz. Unos, para creer o no en algo o en alguien, tienen que tener purebas o razones, y yo lo que tengo son evidencias naturales, hechos incontestables que no pueden justificarse ni por la razón ni por la ley de la probabilidad. Y si esto es en una vida, obviamente lo es también en todas las demás. Una de las cosas que más me has leído afirmar con reiteración, si es que eres del tipo de lectores habituales de mis trabajos —que son pocos pero de enorme calidad—, es que para que algo sea verdad debe repetirse en todas partes al mismo tiempo. Pues bien, esto también funciona con las verdades personales, porque si son verdad, también habrán de ser sociales y de la humanidad en su totalidad. Luego si hay un propósito en cada uno de los sucesos que me acaecen en la vida, necesariamente si es verdad lo hay también en cuanto le sucede a la sociedad y lo hay en cuanto lo que le acontece al género en su conjunto. Una conflagración mundial, pongo por caso, ha de ser en su escala lo mismo que está afectando a las sociedades locales y lo mismo que se está verificando en el interior de cada hombre; ¿y qué es?…: la transformación. También, supongo, me habrás leído aseverar con cierta frecuencia que el dolor natural, el sufrimiento sobrevenido por consecuencia de la propia existencia, es el elemento básico transformador de la naturaleza, el motor del cambio. Nacemos con dolor y evolucionamos mediante el dolor, de modo que el dolor, además de ser una incomodidad, es eso que nos advierte de que nos estamos transformando, de que estamos en pupación, según como lo tomemos, de una criatura que se arrastra en otra que volará, bien como mariposa o bien como muriélago. De nosotros mismos depende.

En este mismo sentido, y con estas bases, se puede asegurar que la sucesión de hechos que acaecen cada día no son arbitrarios, sino que tienen un fin concreto. En un mundo que se ha hecho tan pequeño como el que habitamos, ¿qué sentido tiene una conflagración con Rusia y China, y quién sabe si teniendo de su parte a los fundamentalistas islámicos?… Al menos en apariencia, ninguno, porque ese conflicto recurrirá mejor antes que después a los artefactos nucleares, y esos convertirán a parte o a todo el planeta en inhabitable. De modo que, ¿por qué?… Si no reparas nada más que en lo que parece que sucede, es que los dos bloques se están dando de bofetadas por el pedazo de Ucrania; pero ¿realmente crees que eso tiene sentido?… No, desde luego. Y mucho menos lo tiene un conflicto atómico…, a no ser que no sea total, y para que fuera así los enemigos teóricos tendrían que ponerse de acuerdo antes de que se desatara. ¿Cómo?… ¿Qué quienes van a enfrentarse en una guerra atómica van a ponerse de acuerdo antes de empezarla en no utilizar todo su arsenal nuclear?… ¿Qué sentido tiene eso?… No es lógico ni coherente pensar que Occidente se puede enfrentar con Rusia y China sin que estos usen todas las armas, nucleares o no, que tienen en sus santabárbaras, de modo que el conflicto en sí mismo carece de todo sentido porque el mismo presupone la extinción de cualquier forma de vida en el planeta, incluidas, por supuesto, las de quienes lancen los misiles atómicos. De hecho, las potencias tienen armas suficientes para destruir varias veces el Sistema Solar en su conjunto. ¿Y entonces?… Tal y como te apunté en uno de los anteriores artículos, no recuerdo en cuál, esto de fingir un conflicto en que se pacte previamente que no se van a usar sin medida armas nucleares, tiene sentido solamente si el objetivo final es destruir a una parte importante de la población (eliminación de la superpoblación), a la vez que se les fuerza a destruirse mutuamente a los monoteísmos, verdaderos enemigos del Nuevo Orden, que te aseguro que no tiene nada de divino, sino precisamente de lo contrario. La III Guerra Mundial que están cocinando, pues, no es sino un recurso para hacerse con el poder del mundo, de todo el mundo sin excepción, porque cuando los contendientes estén extenuados, tal y como sucediera en la I y II Guerras Mundiales, vendrá el vencedor de vencedores a imponer su ley. Ese, según lo veo, es el plan, y por eso no solamente están enfrentando a tirios con troyanos en el ámbito de los bloques, sino que también lo están haciendo con los ciudadanos de cada país, con los creyentes de las fes más extendidas y con las ideologías de todo tipo y color en todos los puntos cardinales y al mismo tiempo. Cuando sucede en todas partes al mismo tiempo, ya sabes, es verdad, y esto está acaeciendo aquí y ahora.

En fin, lo que me importa ahora es señalarte que los sucesos se están concitando como a un cónclave que ya estaba predicho. No hay piezas sueltas, sino que entre todas ellas conforman un imponente mosaico que debes tratar de interpretar. Lo más importante, como siempre, el fin, el objetivo que persiguen. ¿Dinero en un planeta destruido?… Absurdo en sí mismo. Se han valido de la corrupción y de los corruptos para asentar su poder, pero ni siquiera esos corruptos son importantes para ellos. Los destruirán con la misma indiferencia con que los crearon. Tienen más, si los necesitaran, porque la humanidad está llena de necios que venden su alma por un plato de lentejas. El objetivo es otro, mira en otra dirección. ¿Conflicto nuclear con Rusia?… Si fuera verdad, ni siquiera les valdrían sus sistemas antimisiles, porque para que muriera todo en el planeta bastaría con que los detonaran en sus propios silos: la radioactividad se encargaría de hacer el resto. No, no; por ahí tampoco es. ¿Y entonces?… Dominio. Muchas veces, incontables, he reiterado que en los pueblos en los que estallan conflictos bélicos es sorprendente de dónde sacan las armas. En Siria, la exYugoslavia, Iraq, Ucrania y donde sea, las poblaciones no tienen ni para armar un puchero con el que alimentarse, pero así que hay una chispa que dispara los ánimos, los puedes ver a esos mismos ciudadanos equipados con el armamento más moderno. ¿De dónde salió?… ¿Lo compraron el Carrefour de la esquina o lo tenían debajo de la cama?… ¿Y si tenían ese armamento o el dinero para comprarlo en el Carrefour de la esquina, porque no lo utilizaron para comprar pan y leche, por ejemplo, con los que alimentar a sus propios hijos?… Obviamente, a los sirios, los exyugoslavos, los iraquíes, ucranianos y a los fundamentalistas islámicos alguien les armó, les puso lo último en tecnología miliar en las manos y les dio cancha para que liberaran las bestias que llevaban dentro, que son el odio y la soberbia, dos animales que les impiden ver a los hombres que los poseen que el Enemigo de todos ellos les está empujando a la vez a la destrucción de sus semejantes y de sí mismos. Solamente si se es muy necio uno se fijará en el dedo cuando se le intente mostrar las estrellas. Más allá de las apariencias siempre se encuentra la verdad, porque la existencia misma, en nuestra sociedad falsaria, es puro decorado, una mascarada perversa urdida por quienes desean controlarnos a todos. Es, pues, la hora de comenzar no a despertar, sino a tomar conciencia de lo que se viene encima, porque el futuro que menciono ya está en el horizonte de sucesos. Queda poco, muy poco tiempo, y los nervios afloran. La cosa, digan lo que digan los gobiernos, no va a mejorar. Poco importa si lo consideras justo o injusto, si crees o no que es momento porque te convenga o no, porque va a suceder con o sin tu consentimiento. Lo importante es que te prepares, porque lo que está llegando no es bueno, nada bueno, pero curiosamente y contra, necesario. Es la ley, y está escrito en el Cielo.

Fte:http://www.angelruizcediel.es/rest/nibiru.html

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