Doce peldaños por Ángel Ruiz Cediel



La novedad abrió una puerta que ya no pudo cerrar porque no tenía picaporte al otro lado, y le pasó un poco como al gato al que le mató la curiosidad. La cuestión es que la primera vez fue excitante; la segunda, un prodigio; pero poco después, en un instante comprendió que se había convertido en costumbre y que por costumbre derivó en vicio. Entonces se supo al servicio de su propia ruina, pero ya era tarde porque estaba enganchado a la muerte lenta de un hábito que le dominaba, y que a ciertas horas le exigía un placer que consumado se convertía en culpa y contrición… Y renegaba de sí mismo prometiendo que nunca más volvería a caer…, hasta que unas horas después su bestia exigía más de lo mismo o ir un paso más allá. Y mansamente obedecía, cayendo más y más.

No es fácil, siendo tierno, conocer de antemano las pendientes que tiene la vida, sobre todo cuando la inocencia se convierte en arrogancia y se acortan las distancias tirando por la calle de en medio. Quiero decir, curiosidad, osadía sin precaución, ese valor desmedido que linda con la estupidez y que a tantos lleva de la mano. Creer que se sabe lo que se ignora es cosa de la edad…, hasta que se comprende que no se puede controlar lo que no tiene mandos o que no se debe correr más aprisa que los pies. Cuando se hace, el alma se descuaderna y deja las vidas al pairo de vientos que soplan en contra, aunque se finja normalidad para afirmar que se quiso elegir lo que derrota. Y se naufraga, claro, en una profunda galerna que sofoca los clamores de auxilio. Nadie tiene oídos para el vicio… de otro, si es que no lo mueve un gran afecto; bastante tiene cada cual con los suyos propios. Y el extravío derrota hacia la soledad, y la soledad enfila a un ciclo de placer absurdo y arrepentimiento que genera la ansiedad que requiere otra dosis de lo mismo para regresar al mismo abismo de soledad y dolor que genera más ansiedad… ¿Cuándo comenzó este lío y cómo escapar de ese infierno inopinado que siempre tuvo al lado sin saberlo detectar, hasta que se quiso asomar a ese abismo y gustó aquellos frutos que parecían tan sabrosos pero que en su pulpa contenían el veneno que lo intoxicaba?… Y supo entonces que el precipicio conocía su nombre; en realidad, el abismo sabe siempre nombre de todo hombre que se aventura en lo desconocido, sin reparar antes en que siempre ha vencido a mojigatos y a corajudos, y que nunca hubo siquiera fuera un titán que pudiera domeñarle. Al abismo es imposible domesticarle, y, si se cae a su fondo, la escalada es imposible: tan lejos queda el cielo de la normalidad que ya no hay oportunidad de regreso desde el infierno. Para ser huésped de lo profundo del inframundo, en conclusión, con el mero vicio está pagado el servicio y el derecho de admisión. 

Muchas veces escuchó decir que el inferno tiene puertas muy hermosas y que hasta ellas se llega por un camino muy ancho. Lo que nunca oyó fue afirmar que tras esas puertas, cuando se cierran, no hay picaportes que permitan la salida: quien entró contento, entregó su vida y lo hizo para el tormento. Sin embargo, la ignorancia le llevó lejos del camino estrecho, prefiriendo la sombra refrescante de lo efímero que el rigor del esfuerzo, y tal vez lo ha comprendido cuando ya es un rehén de su desatino. Poco a poco le fueron dejando a un lado los de antes, sus amantes, sus amigos, sus compadres, sus vecinos, su otro yo, el verdadero, hasta que la soledad le abrazó como a un hijo putativo. ¡Qué perro es el destino que eligió o le eligió hasta convertirse los dos en una ruina de lo mismo! ¿Por qué no comprendió cuando pudo que vicio es todo aquello que le empuja a uno a uno mismo?…, ¿por qué ignoró las advertencias de los mil iguales que cayeron antes en ese abismo y ahí quedaron atrapados creyendo que controlaban su destino, hasta que se disolvió en una nada de muerte lenta y dolor?… Decir quizás no es renunciar, ni un tal vez es admitir, ni un acaso es un no. 

Ahora de nada sirve el victimismo ni el echar balones fuera, creyéndose la quimera de que los demás le abandonaron en su abyecto sino. Voces hubo que le dijeron «¡Cuidado con los placeres que parecen que dan, porque siempre restan!»; pero no tuvo oídos para escucharlos ni cerebro para entenderlo. «Yo controlo y puedo dejarlo cuando quiera», respondía con un deje de suficiencia que no encerraba más ciencia que la de engañarse para elegir lo que su bestia elegía. Dar el paso atrás que se pretende dar cuando se llega a tales extremos, cuesta más esfuerzo que mil pasos hacia delante, y al frente solamente queda la soledad de una fosa en la que ya no cabe el arrepentimiento. Lo sabe, pero calla y sigue cayendo hacia el fondo de lo oscuro. Abajo, es seguro que los demonios le esperan para entregarle su recompensa, pero mientras cae, todavía una luz se resiste, unas alas, una sonrisa que le suplica que se quiera en el desamor con el mismo fervor con que se quería cuando niño. Es su madre, y las madres, siempre tienen esa voz azul que se hace canción de cuna para sofocar el terror de los malos sueños y luz luna para encender la oscuridad. «Quiérete bien, mi niño, que si lo haces, al cielo podrás ascender», le susurra. Las lágrimas de dolor de quien se sabe cautivo, se derraman sin objetivo en busca de un corazón que ignora dónde se escondió. «Si pudiera, bien que lo intentaría, pero ahora sé lo que ignoraba y para salir de este infierno no hay ascensor.» Su madre lo acaricia con amor, pone un beso en su frente y le dice mientras sonríe, «Pues que esto has comprendido de veras, recién acabas de encontrar el primer peldaño de la escalera que puede conducirte a lo alto». Él la mira con sobresalto, y en sus ojos contempla ese brillo de fantasía que se hacía poesía para alejar sus tristezas. «Solo no puedo, madre, y tal vez por ello merezca este infierno», acepta como un esclavo que sabe que jamás podrá liberarse solo de sus cadenas. «Doce pasos, hijo, tiene esta escalera: no te rindas, tómala y escapa de tu tormento.» Doce pasos como doce ángeles, como doce meses, como doce puertas abiertas. Y se aferra, y trepa, admitiendo que solo no podrá, pero confiando en ese ángel que sabe que tenderá sus alas si pierde el pie y cae. Un paso, y confía; otro más, y asciende; un tercero, y su bestia le reclama su dosis de ayer, que es decir de placer, y nuevamente se precipita; pero mil suavidades de caricias y de besos están al quite y lo sujetan: «Ánimo, hijo, no está lejos la meta; la tarea no es fácil y ya no es hora de claudicar.» Se levanta y sube otro peldaño, un nuevo paso que aleja de lo oscuro, de los demonios y sus tridentes, pero de repente se sorprende otra vez cayendo al fondo del abismo. Sin embargo, después de tanta oscuridad sus ojos se achisparon por la luz que derramaban los ojos de su madre, y ya que no por él, por ella, se levanta de nuevo y regresa a la escalera. Otro peldaño, y contempla cómo el daño va quedando atrás. No es su fuerza de voluntad, sino la que recibe del cielo, y a él trepa con arduo esfuerzo, siquiera sea para tener el gesto de devolverle a su madre el beso que lo rescató de las ascuas del infierno. 

Extenuado por el trabajo, al fin alcanza el ras del llano de la normalidad: la calamidad estuvo a punto de vencerlo, pero un beso, solo un beso y una sonrisa, le rescataron del peor de todos los sufrimientos: el que él mismo se procuró. Pero ya es un hombre nuevo, una criatura renacida de sus propias ruinas como un ave Fénix milenario. Hoy comienza su calendario, hoy empiezan sus días, nada tiene, pero está contento de poder al menos blandir una sonrisa. La brisa es suave y el sol entibia sus huesos. En la distancia, no demasiado lejos, ve a alguien que se aproxima al borde del abismo, y aun jadeando por la escalada corre a su lado y le dice «Antes de dejarte caer, amigo, déjame que te preste mis alas, que es decir mi consejo. Lo que sufres lo he sufrido y conozco el camino de regreso.» Él le mira algo perplejo. «¿Qué te importo si a quienes importaba he dejado de importarles?» No le responde, pero él le tiende sus brazos y los abre ofreciéndole su pecho hospitalario. «Lo hago en recuerdo de mi madre», le musita, y continúa: «Murió cuando yo era un niño, pero ni siquiera así dejó de preocuparse por mi destino.» Pero el otro hombre rompe a llorar desesperado por no tener un ángel parecido, y, dando un paso fatal, se arroja decidido al abismo. Nada puede hacer, y siente en su propia carne que un destino es como otro destino y un vicio como otro vicio, formas de ver distintas las cosas que son igual, y nuevamente su alma se estremece al reverdecer su antiguo estado. Y al sentir esto comprende que tiene alma, que siempre la tuvo por más que durante mucho tiempo la ignorara. Se acerca al quicio del precipicio, y con calma le grita al que se precipita al fondo: «Por allá hay una escalera con doce peldaños para los que, aun cayendo, comprenden que solos no pueden librarse de sus cadenas.» 

Las cosas de la vida son así de extrañas: se engaña quien piensa que él solo puede con todo y que no hay vicio que pueda rendirle. Tantos milenios lleva el demonio en su oficio, que no hay truco que ignore para seducir voluntades de pequeños y grandes, de poderosos y humildes, de valientes y cobardes, de pecadores y santos y de alfeñiques y titanes. Sin embargo, a todos ellos no sería malo decirles que, pese a esto, nunca estamos completamente solos, y si miran a lo alto y piden socorro, verán que siempre hay una mano desconocida dispuesta a auxiliarles incluso al borde del abismo, y, por si esto no fuera suficiente, una escalera de emergencia en alguna parte a la que puede asirse para escapar quien comprende demasiado tarde. Doce peldaños, para ellos, separan el infierno del suelo.

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